7 de mayo de 2012

¿Por qué comemos?


Muchos de nosotros comemos sólo porque es necesario, es nuestra manera de proporcionarle la “gasolina” a nuestro cuerpo, los hay que comen muy rápido la comida para liberarse cuanto antes de esta necesidad, y también hay gente que le dedica su tiempo a cocinar y comer.
No se trata tan solo de abrir la boca y dejar que caigan los alimentos en  el estómago y que éste se encargue de digerirlo.
La digestión empieza en la boca, ya que en la saliva se liberan amilasas que son sustancias encargadas de la “pre-digestión” o de la” pre-praparción” de los alimentos antes de que lleguen al estómago. De esta manera se evita que el organismo deba utilizar demasiados ácidos digestivos que son los causantes entre otras cosas, de la pesadez y acidez de estómago, mala asimilación de nutrientes y puede ayudar a causar muchas otras enfermedades de origen alimentario.
Debemos prestar más dedicación tanto a lo que cocinamos como a lo que comemos. Nuestra salud depende de ello.

Algunas personas dicen que no les gusta cocinar, y generalmente el motivo principal de esto, es que prefieren dedicarle ese tiempo a otras tareas. Imaginemos que nuestro cuerpo es un vehículo a motor, un coche por ejemplo. Nos levantamos por la mañana para ir a trabajar, y decidimos que ese día no le vamos a echar combustible, ¿qué sucederá al poco rato? Puede ser que no lleguemos a nuestro destino. Nuestro cuerpo dispone generalmente de energía suficiente por si en caso de emergencia la necesitáramos. Sin embargo, es mejor disponer diariamente de nuestra “dosis” de combustible y no llegar a utilizar esa energía de reserva que de utilizarla día tras día, estresaremos a nuestro organismo y nuestra salud se verá afectada.  Solemos actuar como si a nuestro organismo pudiéramos acostumbrarlo a lo que nuestra cabeza quiera. Por ejemplo, frases como: “No desayuno nunca, es que no tengo hambre…”.  Muchas veces esta afirmación no es real. Tan solo hemos acostumbrado a nuestro cuerpo a no desayunar, sin embargo, seguirá necesitando combustible para funcionar correctamente.
Debemos aprender a comer con moderación y no esperar a sentirnos hambrientos. Si lo hacemos, seguramente comeremos cualquier cosa que tengamos a mano para que nos sacie instantáneamente, pero esto no es una buena manera de alimentarse. Alimentarse bien tampoco significa comer abundantemente.
Nuestro cuerpo necesita energía nos parezca bien intelectualmente o no. Es conveniente que además tengamos en cuenta cual es el tipo de combustible que le añadiremos a nuestro organismo, pues no nos servirá a la larga cualquier fuente de energía. Si utilizamos un combustible mal procesado o con aditivos químicos que dañan nuestro motor, puede ser casi seguro que nuestro vehículo acabará por funcionar mal y nuestra salud se verá afectada.
A nuestro organismo no le sirve cualquier “combustible”. No podemos engañarlo aunque funcione aparentemente bien. A la larga sufriremos sus consecuencias. Debemos utilizar los adecuados y de mejor calidad posible.
Muchas empresas a través de los medios de comunicación quieren vendernos sus “combustibles” modernos, llenos de innovaciones. Pero no debemos olvidar que su principal finalidad es vender sus productos, sean estos buenos o no para nuestro organismo. Se supone que las autoridades sanitarias deberían vigilar estas cosas, sin embargo la industria alimentaria es un negocio tan grande que muchas veces podemos encontrar sectores corruptos y alimentos no muy “buenos” para nuestra salud, entran a formar parte de nuestra alimentación diaria. Debemos considerar que aunque mucha gente consuma un producto, esto no es suficiente razón para que nosotros también lo tomemos. Siempre podemos fijarnos como le sientan ciertas sustancias a nuestro cuerpo después de “llenar el depósito”. Esto va a ser el mejor indicativo aunque nuestro cerebro puede que nos diga lo contario.
No hace más de cien años, nuestra sociedad no estaba tan enferma como lo está ahora. Hay varias diferencias en los estilos de vida de nuestros abuelos con los nuestros:
  • ·         Antes no existía la sociedad de consumo, se vivía con menos.
  • ·         No existían los alimentos procesados.
  • ·         No comían carne cada día, era un alimento que se consideraba escaso o caro.
  • ·         No existían tantos productos azucarados con azúcar refinado como hoy en día.
  • ·         No existían  los aditivos alimentarios, tales como colorantes, conservantes, potenciadores del sabor, etc.
  • ·         No se comía tan abundantemente, ni fuera de casa, es decir, no existían tantos restaurantes.
  • ·         Antes se cocinaba siempre en casa, con productos cercanos y/o de la huerta y si se comía proteína animal, ésta era de confianza puesto que no se empleaban ni vacunas, ni antibióticos, ni hormonas engordantes, etc.

Un dato muy importante a tener en cuenta es que la población mundial del planeta  en 1800, era de tan solo 1.000 millones de habitantes. En tan solo dos cientos años esta cifra ha crecido hasta llegar a los 7.000 millones de personas a finales del 2011.

Podemos decir que la especie humana se ha revolucionado mucho y tanto la manera de vivir, como de alimentarnos ha cambiado increíblemente.
Se instauraron sistemas de producción en cadena donde lo más importante era sacar el máximo rendimiento. Somos muchos seres conviviendo en este planeta y aun así se producen más alimentos de los que consumimos, este hecho es insostenible por más tiempo. Tenemos por un lado personas que mueren de enfermedades relacionadas con la alimentación como la obesidad o enfermedades coronarias causadas por exceso de colesterol, y por otro lado otros millones de personas mueren desnutridas.
Este hecho no es algo que la mayoría no sepamos, sin embargo quizás no vemos la relación tan directa de cómo pueden influir nuestros actos dentro de este sistema  de producción y como podemos además, mejorar nuestra calidad de vida, la de los demás y conseguir más salud para nosotros y para nuestro planeta.
Con el sistema de producción impuesto hace unos  años, consiguieron separarnos cada vez más de nuestras cocinas. En ellas es dónde básicamente reside nuestro poder para recuperar  nuestra salud a través de nuestro poder de elección que es lo que también nos arrebataron. Debemos recuperar el poder de elegir como queremos cultivar nuestros alimentos, como criar a nuestros animales, como queremos alimentarnos y no perder salud, acabar con tantas enfermedades dado que muchas de ellas se originan por causas alimentarias. Podemos escoger la procedencia de los alimentos para que no tengan que viajar miles de kilómetros hasta nuestras cocinas o las de los restaurantes, podemos elegir si queremos que sean de procedencia ecológica o procedente de cultivos transgénicos, debemos poder conocer los inconvenientes del uso de pesticidas, abonos químicos, etc. y su efecto en nuestra salud.
El poder de elegir significa escoger conscientemente con todas las consecuencias, los alimentos que queremos para alimentarnos.  Sabiendo que si compramos productos de empresas que utilizan esclavos en la cadena de producción, estamos apoyando a que estas empresas sigan cometiendo estos delitos. Si compramos huevos de gallinas que viven en jaulas encerradas todo el día, que no son felices ya que no se encuentran en su hábitat natural, estamos apoyando a que este siga siendo el método de producción más barato. Al productor le es rentable y a nosotros nos da igual como lo consiga. Como estos ejemplos hay miles de casos donde, con nuestro dinero al comprar, estamos apoyando ciertos modelos de producción.
Podemos además elegir la manera de cocinar los alimentos conociendo los métodos  o técnicas de cocción y utilizando las más saludables, de manera que conserven la mayor parte de nutrientes.
Podemos cocinar con intención, con consciencia. Podemos añadirle amor a cada cosa que cocinemos.
Es muy importante poder comprender que cocinar no es tan sólo calentar comida o cortar alimentos, juntarlos, sazonarlos y servirlos con gracia. Detrás de este acto hay un motivación superior: “nutrir nuestro organismo”, tanto físicamente, emocionalmente y energéticamente.
A nivel físico sucede que los alimentos que comemos son con los que nuestro organismo fabrica la sangre, el líquido que nutre a nuestras células. Y si nuestra sangre es pobre, nuestras células también, por lo tanto todo nuestro organismo sufre las consecuencias de una mala alimentación.  Esta deficiencia sumada a situaciones de estrés, exposición a contaminantes, etc. Hacen que además, nuestra sangre se acidifique.

A nivel emocional podemos sentir la belleza y la dedicación en un plato de comida y observar, oler y comer los ingredientes, despertando nuestros sentidos y generando sensaciones agradables o desagradables. Cuanta más armonía haya en un plato, mejor nos va a saber y más atractivo nos va a resultar. Si cocinamos felices el resultado será algo agradable, si por el contrario cocinamos enfadados, el resultado puede llegar a convertirse en un “veneno” para aquel que lo coma.
A nivel energético debemos entender que nuestro cuerpo es una máquina “bio-electro-química”, y que todo ser vivo emite su propia vibración. Al incorporar en nuestro organismo alguno ser vivo (vegetales, animales, agua, etc.) su vibración pasa a nuestro cuerpo e influye en mayor o menor medida y la podremos percibir más o menos según cada persona. Si comemos unos tomates cultivados ecológicamente, no nos aportará lo mismo que unos que sean transgénicos, aunque el sabor sea idéntico. En otro extremo, si comemos un animal que ha vivido en malas condiciones, sin libertad, sin alimentos naturales, alimentado sólo a base de piensos,  vacunados, medicados y que además han sido criados y sacrificados sin ningún tipo de respeto, ni amor o compasión; esa carne  estará dura por el sufrimiento del animal al ser sacrificado y además estará cargado de químicos y hormonas del estrés propias del animal que habrá segregado antes de su muerte. Si comemos alimentos saludables, tratados con amor y respeto hacia ellos y hacia nuestro entorno, estaremos  y nos sentiremos más saludables, de otro modo, tan solo enfermaremos tarde o temprano y no lo relacionaremos con la alimentación.
Somos lo que comemos.



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